Una de las facetas que más me llenan en la vida es ser entrenador de futbol infantil y juvenil. Comencé con mis propios hijos; sin embargo, nunca imaginé las sorpresas que la vida me tenía preparadas en esta aventura.

Mis primeros pasos me llevaron a dirigir a un grupo de mujeres en el que jugaba mi esposa. Mi experiencia era limitada, pero mi voluntad y la confianza de ella me llevaron a reclutar jugadoras y crear así mi primer equipo.

Fue un grupo de muchachas que, entre experiencia y juventud, nos llevó a ganar varios torneos. Tuve la fortuna de contar con mucho talento, pero admito que varias de esas jugadoras se quedarán para siempre en mi memoria y en mi corazón. Me atrevo a pensar que, ahora que se han convertido en madres y mujeres adultas, de vez en cuando recordarán con gusto algún consejo o alguna experiencia conmigo.

La pandemia llegó y terminó por completo con aquel proyecto justo cuando empezaba a madurar. Sin embargo, también abrió el camino para que después me contrataran en una academia.

Empecé como responsable del equipo femenino y, posteriormente, de los niños y los juveniles. Fue entonces cuando comprendí la importancia que puede tener un simple entrenador.

La responsabilidad que tenemos en nuestras manos es enorme. No solamente enseñamos a los niños a dar un buen pase o a moverse dentro del campo de juego. El verdadero reto está en alejarlos de los vicios y las malas compañías; en crear dentro de la cancha un espacio seguro donde puedan dejar atrás los problemas de sus casas, las peleas de sus padres o las dificultades económicas de sus familias.

Es saber y querer escucharlos, interesarse en sus vidas y en su salud, reír con ellos y, al mismo tiempo, corregirlos y darles herramientas no solo para un partido de liga, sino para que aprendan la disciplina y el compromiso que conlleva pertenecer a un equipo.

En cualquier otro trabajo, un error puede provocar que un producto salga defectuoso. Aquí no trabajamos con productos, sino con personas que depositan su confianza en nosotros: niños que llegan llorando a un entrenamiento, que tienen hambre o que dejan de asistir porque su padre prefiere comprar cerveza antes que invertir en ellos.

No todo son campeonatos ni todas las historias terminan con éxito. Eso me duele; sin embargo, siempre actúo de buena fe y con la única intención de ayudar.

Ser entrenador es una vocación, más que solamente una carrera. A veces se confunde gritar y saber de futbol con formar seres humanos. No se trata de utilizarlos mientras crecen para obtener unos cuantos pesos. La obligación, al menos desde mi experiencia, es acompañarlos en su desarrollo y ayudarlos a convertirse en adultos que sean la mejor versión de sí mismos.

Hoy sigo llegando todas las tardes a la misma cancha y a la misma hora, con mis tenis gastados y el corazón lleno, dispuesto a entregar la mejor parte de mí. Sigo reconociendo en estos nuevos niños las primeras caritas de aquellos jugadores que hoy ya son adultos, con la esperanza de que lleguen más lejos que quienes estuvieron antes que ellos.

Tomo mis balones, mis conos y mis boyas; me cuelgo el viejo silbato y reúno a los niños en un círculo, no solo para estirar, sino también para entregarles valores y emociones que los ayuden a ser mejores jugadores y excelentes personas.