Los adolescentes siguen evolucionando conforme avanzan los años. Es verdad que ahora tienen nuevas herramientas para enfrentar la vida; sin embargo, en el fondo pienso que cargan con los mismos problemas que todos tuvimos a esa edad.

Encontrarse a sí mismo siempre es difícil, y un adolescente vive cambios constantes, no solamente físicos, sino también mentales y emocionales. Todo eso puede hacerlo dar tumbos ante los embates de la vida.

Es una etapa llena de rebeldía. En los años ochenta se levantaban los cabellos en punta; en los noventa aparecieron las largas melenas y las tribus urbanas. Cada década presenta sus propias modas y hoy han llegado hasta nosotros los therians y las famosas batallas de aura.

Los therians se definen como personas que se identifican, mental o espiritualmente, con algún animal. Algunos expresan esa identidad usando máscaras, orejas o colas, e incluso caminando en cuatro patas. Debo admitir que me cuesta comprenderlo. Mi primera reacción es pensar que se trata de una moda contradictoria: imitan ciertos comportamientos de los animales, pero conservan todas las comodidades de la vida humana. Aunque, pensándolo bien, quizá esa reacción diga tanto de mi edad como de ellos.

También están las famosas batallas de aura. Según entiendo, algunos muchachos y muchachas se enfrentan en plazas y universidades con poses, gestos, bailes y movimientos para demostrar quién tiene más aura; es decir, quién parece más seguro, carismático o cool. Dependiendo de lo que hagan, ganan o pierden aura.

Un punto a favor es que estas batallas no implican contacto ni violencia, lo cual me parece perfecto. Además, suelen ser entretenidas y cómicas. Honestamente, todavía no he visto un ganador; para mí gana quien da menos pena, pero bueno, ya estoy viejo. Aunque probablemente nuestros padres pensaron exactamente lo mismo cuando nos vieron bailar, vestirnos o comportarnos según las modas de nuestra época.

Las batallas de aura son una versión moderna de las batallas de breakdance de antaño o, llevándolo a un extremo mucho más violento, de los enfrentamientos entre pandillas de diferentes barrios. También me recuerdan a los sonideros colombianos, las guerras de bocinas o los slams de los conciertos punk y metaleros.

Son expresiones descontroladas de adolescentes que buscan una identidad y, al mismo tiempo, son tan válidas como las de sus antecesores, siempre y cuando no incluyan violencia contra los demás o contra ellos mismos. ¿Cómo olvidar a los emos, que encontraban belleza en el dolor, o a los darks, atraídos por una estética y una música que resultaban incomprensibles para el oído adulto?

Lo importante es preguntarnos qué hay detrás de todos estos movimientos y modas. Puede haber un adolescente que intenta conocerse a sí mismo, que experimenta con lo que tiene a su alcance y que busca encajar dentro de una sociedad que muchas veces lo ignora. Tal vez no esté pidiendo ayuda de manera directa; quizá solamente necesita ser visto y escuchado.

Esa búsqueda de pertenencia también puede volverlo vulnerable frente a personas o grupos que intenten manipularlo. Por eso necesita acompañamiento, no solamente vigilancia. Hay que orientarlo sin arrebatarle la oportunidad de descubrir quién es.

Ser adolescente no es una tarea fácil, y menos ahora, cuando se tiene tanta información y desinformación al alcance de la mano. Como padres tenemos la obligación de acompañar a nuestros hijos durante estos procesos: comprenderlos, no actuar solamente como fríos juzgadores y convertirnos en vigilantes cercanos que les permitan volar durante este viaje de exploración, pero que también los ayuden a aterrizar de manera segura.